El año de la rata

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  • Deberían escupirme ahora

    • 25 Sep 2011
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    Deberían sentir asco desde ahora. Leí la reseña del libro ganador de cuento joven, la trayectoria del autor; ha ganado tantos premios. Me sentí triste. Cuánto hace que no escribo nada nuevo. Desde que rechazaron mi material en aquella beca. Alguien toca la puerta del vecino, cada vez con mayor desesperación. ¿A esta hora? Los golpes no me deja escucharme. Pienso si dejaré de escribir. Sé que no. Pero pienso en las palabras de Neutro cuando se enteró que me inscribí a la universidad: ¿Tú, cabrón? ¡No mames, pinche Jimmy! ¿Ahora cuánto vas a duraren esa mamada? Sé que nunca dejaré de escribir. Aunque no tenga nada que decir. Aunque ya nada se pueda decir. No sabía qué era esto de escribir. Pensaba que era pura vanidad. Me gustaba que la gente me preguntara cosas cuando leían alguno de mis escritos; me gustaba hablar de mí, de mi vida. Pensaba que sólo era eso; tener algo de fama, ser popular en la facultad, pero no. Era como hablar en voz alta para ordenar mis pensamientos, me di cuenta. Solía hablar demasiado, a veces. Hablaba de cosas íntimas, cosas que traía en el pecho como reflujo de gastrítico. Y me arrepentía. Me arrepentía de escupir esas cosas ante cualquier par de orejas que me prestaran atención porque se darían cuenta de que era un pobre tipo que no tenía con quien hablar, en quien confiar. Pero era la única manera de entenderme. Pude hablar a los pájaros; pero elegí ser un pobre tipo a un retrasado mental. Tengo ganas de llorar. Pero yo mismo sé que sería ridículo. Llorar porque perdí la fe. Hace no mucho creía que sólo me bastaba un lápiz y una hoja de papel. Ahora me invade la angustia. Llorar por no ser capaz de escribir un buen cuento. Llorar en la oscuridad del cuarto hasta sentir que la almohada se humedece. Llorar y despertar a Julia. Llorar y que Julia me acaricie la cabeza como un niño que ha tenido una pesadilla. Deberían escupirme ahora. 

     

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  • T-03

    • 20 Sep 2011
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    Viajaba en el camión cuando miré un anuncio enorme sobre la fachada de un edificio. En el anuncio se leía: “La universidad a tu alcance para cumplir tus sueños”. A un costado de la leyenda apareció una mujer en toga sosteniendo en la mano derecha un documento enrollado y sobre su cabeza una nube con sus pensamientos: el ícono de un hombre, una mujer y un niño, unidos por las manos, un signo de suma, una casa, otro signo de suma y un auto. Bajé del camión y continué el camino a pie. A unos veinte metros miré a una mujer detrás de un auto rojo con la puerta trasera levantada. Ya a lo lejos adivinaba que sus nalgas eran lo suficientemente grandes y firmes para dominar los pantalones que llevaba. No sé por qué pero, cuando estaba cerca, desistí de mirarla. Iba a pasar de largo pero la música me hizo voltear; se escuchaba una canción de Amanda Miguel. La mujer llevaba una peineta de presión y, en el momento en que la miré, se roció con un perfume —contenido en lo que parecía una bombilla rosada— por todo el cuello e incluso se levantó la blusa para rociarse la espalda. Cuando estaba cerca de llegar a casa miré al sol ocultarse por mi costado izquierdo. Caí en la cuenta de que el sol no se levanta a espaldas de la casa, como pensaba. Doblé a la izquierda y tuve al atardecer frente a mí como un fuego ocultándose detrás de la copa de un árbol, todo, debajo de una nube color lila.

     

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  • La cama de palabras está llena

    • 6 Sep 2011
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    Las palabras me llegan ahora que es de noche. Cuando la luz del foco termina de arrugarse y la oscuridad llena el cuarto. Cuando se supone que tengo que dormir. Cuando quiero hablar pero mi mujer dice que me calle. Acomodo la mano derecha detrás de la cabeza y con la izquierda me sobo el pecho. Miro hacia el techo. Escucho el tintineo de los tubos de cobre en las azoteas. El quejido de un perro. La música de un piano. El zumbido de la fábrica. El choque de trenes. El ronquido de camiones. La vida de la aduana. La noche azul. La noche siempre es azul. Unos días más, otros menos. Depende de la luna. Miro la ventana; las persianas son azules, pero eso nada tiene que ver. La luz que entra es azul porque así es la noche. A veces bajo a la cocina y de pronto me quedo allí, quieto, mirando la luz que atraviesa el ventanal —tan llamativa como una flama— reflejándose en el piso, y en el patio todo es tan nítido; la tierra, las hierbas, el viento. Ahora recuerdo una noche en que caminando por la calle miré a un tipo fumar. El humo era azul y estuve a punto de detenerme para preguntarle qué cigarros eran esos. Sólo me detuve un momento para observar y, sí, el humo era azul. Al principio no lo creí, pensé que era un defecto más de mi vista. Ahora sé que el humo de los cigarros es azul y no gris como el cielo de lluvia. Me gustaría tener ahora un cigarro entre los dedos. Llenar el cuarto de humo azul. Sacar tanto humo como palabras tengo en la cabeza. Ahora estarían flotando allí como globos de helio y tendría que guardarlas en una bolsa para que no se desvanecieran con la luz del día. Eso es lo que hay que hacer. Bajo de la cama, despacio, camino hacia la puerta. Voy al cuarto de la máquina y tentaleo el librero. Agarro una libreta. Busco en el mueble del teléfono. Encuentro un lápiz. Entro en el baño y enciendo la luz. Me siento y, mientras orino, escribo unas palabras. Frases aquí, ideas allá, palabras en el margen, parece un esqueleto. Arranco la hoja y regreso al cuarto. No sé qué hacer. Guardarla en el cajón de las calcetas. No. Mejor la doblo y la meto en mis calzones. Así, al menos aseguro que mañana haré algo con ella y no habrá manera de olvidarla. Me meto debajo de las cobijas. Acaricio mi pecho con la mano izquierda y con la derecha acaricio la hoja. Miro la noche azul por última vez y cierro los ojos. Me arrullo con el ronquido de motores. Esta es la cama, esta la noche, estas las palabras y este es el sueño.

     

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  • Día 02

    • 7 Aug 2011
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    Encontré a Jesús, allí sentado, en la banca del parabús con la mirada sobre un libro de hojas amarillentas. Me acerqué. Al sentir mi presencia levantó la mirada, lento, desde mi cintura hasta mi cara. Las fosas nasales le sostenían los lentes. Extendí el brazo. Nos saludamos. El saludo de Jesús siempre es temeroso y con un sudor tibio; es como tratar de atrapa un pez que vuela sobre el agua, un momento logras sujetarlo pero en seguida escapa. No confió en la gente que no ofrece un saludo firme. Es exasperante la tibieza. Dios tiene razón al odiar a aquel que no se define, que no se establece en algún bando; eres frío o caliente, nunca tibio ni gris ni insípido. Tenía más de dos meses sin ver a Jesús. No somos amigos. Se podría decir que sólo nos conocemos de vista. Pero cada que no vemos nos cuestionamos mutuamente. No me interesa su vida ni a él la mía. Nos conocimos en un curso de manejo de finanzas inspirado en la Biblia; así que cada que lo veo le pregunto al respecto, sobre las finanzas, y él a mí, como si alguien nos hubiera asignado el puesto de observador financiero y dar cuenta de los progresos en la materia. Así que me encargué de la tarea ¿En qué andas ahora? Él contestó que estaba en cursos de inglés (quiere obtener una beca para realizar una maestría), cursos de Biblia (por tercera vez) y que dejó cuarenta currículos por las escuelas de la ciudad. ¿Cuarenta currículos? Pensé que era una exageración. Uno tiende a exagerar ante la adversidad; no así cuando sucede lo contrario, demasiado optimismo provoca náuseas. Llegó el microbús y ambos ascendimos. Jesús siguió hablando de currículos, escuelas, español, literatura y trabajo. Mantenía la cabeza gacha; los lentes resbalaban continuamente por su nariz, tal vez por la grasa de la piel, y él los regresaba a su lugar con el dedo índice. Las escuelas primarias le prometieron que tendrían un lugar para él al inicio de clases, pero que nadie le llamó. Por lo tanto en ese momento ya no le importaba laborar como profesor; que cualquier oportunidad que se ofreciera era buena. Hizo mal los cálculos y el dinero que dejaron sus padres sólo le alcanzo para mes y medio. Cuarenta currículos; el número bíblico, según él. Estuve a punto de mencionar el siete veces siete y que el prematuro fracaso se debía a un error de cálculo, a la falta de nueve currículos; pero no quise desanimarlo más. ¿Quién soy yo para cuestionar a alguien que lleva tres cursos bíblicos a cuestas? Mientras yo sólo llevo uno. Creo que Dios ya no me quiere, concluyó Jesús. Te desprecia por ser tibio, pensé yo. Si tras entregar esos cuarenta currículos (error aparte) has entregado un pez gris, tibio, insípido, viscoso, por saludo. Las hojas amarillentas de aquel libro que Jesús sudaba entre las manos sirvieron para desviar la mirada del tema. Qué lees. Un ruso, Vladimir Korolenko. Y, qué tal. Me gusta como escriben los rusos. Jesús levantó la mirada y me apuntó con la nariz. Yo sólo asentí levemente. Él entendió que yo no tenía idea. No, no he leído a los rusos; ni siquiera a Dostoievski. Entonces recordé la tan citada frase: Si Dios no existe, todo está permitido (después de todo, ficción, por lo tanto, mentira). ¿Qué haría Jesús si Dios no existiera? Más importante, ¿qué haría yo?

     

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  • Prótesis

    • 8 Jul 2011
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    Uno de los miedos más grandes es no flotar. Estoy en la cama mirando las fotografías. Están clavadas a la pared como mariposas. Las miro y deseo volver a los pueblos que reproducen. Mis ojos se detienen en el centro de las imágenes. Un cenote. La luz entra por un orificio en lo alto y se refleja en forma de círculo brillante. El brillo se difumina y adquiere un tono esmeralda. Se pueden ver las rocas en el fondo. Más allá las paredes rugosas llenas de moho sólo se presienten; porque la oscuridad no permite saberlo. Estoy en la orilla, al pie de los escalones. Mi cara es borrosa, plana. Llevo un chaleco verde pero, aun así, la mano izquierda no suelta el primer escalón. Aquí, en la cama, siento una opresión en el pecho. Siento que el colchón se acuna y me hundo. Miro los pies agitándose allí sin nada que los sostenga. Miro el fondo y pienso en un ancla que golpea una roca, suelta algunas burbujas y queda cubierta por la arenilla que momentos antes hizo flotar.

                Mientras el narrador narra esto piensa que no hay narración. Piensa que al describir un momento y una fotografía sólo crea una postal (así cree él que se la llama; porque así se lo enseñaron). Entonces piensa que este fragmento puede tener más de una lectura. Él sabe que los posibles lectores creerán que estaba triste, melancólico, depresivo o que, simplemente, le gustan los ambientes opresivos. Él está tranquilo oyendo el zumbido y las voces que habitan los oídos. Pero, al releer la primera línea —Uno de los miedos más grandes es no flotar— piensa en el acto creativo. Cree que en esa postal se resume la escritura. Que no necesita ceñirse a un escalón. Que no necesita un chaleco o prótesis. Que flotar o no flotar da lo mismo. Pero tiene miedo.

     

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  • Junta Cadáveres

    • 12 Jun 2011
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    Estaba el otro día en la Biznaga y quise robar Juntacadáveres. Si uno roba un libro no pasa de ser un lector mañoso. El libro estaba en el mismo lugar donde lo encontré aquella primera vez. No sé qué me detuvo en aquella ocasión. Hay un letrero en un pedazo de cartón, allí en la pared, donde se lee que robar es malo y que además te están grabando. No creo nada. Ni que robar sea malo ni que estén grabando. Además, en las pocas veces que he estado allí, nunca he visto que alguien preste atención a los libros.  No estoy diciendo que muchos de los asiduos al lugar sean morros de prepa que les gusta el lugar porque es reducido —y que eso reduce considerablemente el espacio cuerpo a cuerpo—, y que lo único que leen —y también escriben—, son los mensajes regados por paredes y muebles del lugar. Mucho menos estoy diciendo que sea literato de tapa dura, que sea uno de los tantos poetas que aparecen nomás levantar una piedra, que sea lector voraz y que sepa de qué se habla cuando mencionan Juntacadáveres —aunque nunca lo haya leído—, lo único que digo es que no afectaría si robo Juntacadáveres. También admito que soy un futurista. Quiere decir que me gusta almacenar cosas previendo que las necesitaré/usaré en un futuro. No importa si muchas veces sé que nunca necesitaré/usaré tales cosas. Me encanta Piratebay. Leo una reseña en Almas Oscuras, en una revista o un periódico y ya estoy descargando. Eso de leer la reseña es decir mucho; con saber cuántas estrellas le otorgan o ver el cartel es suficiente. Tengo ochenta películas en la carpeta Movies y sólo he visto doce. Suelo guardar restos de comida. Cuando algo es tan bueno que no deseo acabarlo dejo un poco, lo que cabría en un puño, siempre pensando que más tarde tendré hambre o que podré comerlo a lo largo de la semana. Julia siempre me regaña. ¿Para qué guardas esos frijoles? ¿Para qué guardas ese huevo? Muchas veces tiene razón. Llega el domingo —día de revisar lista de mercado y refrigerador—, y resulta que a esos frijoles con chorizo que tanto me gustaron les ha nacido el fino vello blanco con motas verdes. Algo similar sucede con los libros. En las librerías de viejo o en ferias siempre se encuentran esas obras indispensables a buen precio. Así he juntado una colección de libros que cubrirían mi cuota de lectura de aquí hasta que cumpla los cuarenta años. Creo que antes de estudiar Literatura era un lector más asiduo. Ahora padezco el síndrome de la inmediatez y el morbo. Me gustan las notas llenas de violencia —léase narco—, no puedo leer artículos, cuentos, crónicas que sean extensos —novelas ni mencionarlas—, sufro de una desesperación porque todo suceda rápido. Porque me digan qué es lo que quieren decir. Así, rápido, sin más. Las películas me gustan más porque puedo ver una, dos o hasta tres en un solo día. Las películas también se alargan innecesariamente. Y sí, me duele la cabeza tras varias horas en la cama. Creo que por todo esto no puedo escribir historias largas. Con esfuerzo llego a las dos cuartillas. A veces pienso que entre más largo sea el cuento mejor será la historia pero en mi caso sería meter borla. Ahora pienso de dónde me vino eso de juntar cadáveres. Objetos atiborrando el espacio de una habitación. Pienso en mi madre.

     

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  • El Despertador

    • 26 May 2011
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    El día de ayer, alrededor de las 10:45 horas, se llevó a cabo un hecho lamentable. Un camión de la ruta 24 impactó en la parte trasera a su homólogo que transportaba alumnos de la UAQ-Campus Aeropuerto. Se comenta que se llevó a cabo porque se piensa que no fue un mero accidente. Ya que el chofer que conducía el trasporte de la UAQ, El Chaparrito, como se presentó ante este reportero, menciona que hace varios días los conductores de la ruta 24 lo hostigaban, principalmente, cortándole la circulación. Oficiales de Tránsito del Estado, a través de investigaciones de inteligencia por parte de oficiales de Inspección, comentaron que al parecer se trataba de un atentado por parte de los conductores de la ruta 24 porque están hartos de los charolazos. El oficial no declaró más. Pero gracias a las pesquisas de este reportero, pude probar, —con varios miembros de seguridad de C.U.—, que la misma mañana del “accidente” apareció una cafre-manta en las inmediaciones del estacionamiento de la ex FLL —a la cual este reportero tuvo acceso—; donde se leía una serie de amenazas: “No + descuentos a estudiantes incompetentes. No + descuentos a estudiantes alcoholizados. No + más descuentos a estudiantes que pagan en papel. No + descuentos a estudiante que despiden olor a mecate. No + descuentos que dejan a nuestras familias sin sustento. No + transporte gratuito. Nuestras demandas son inexorables. ¡No + charolazos! Atte. Cotizados Ruta 24”.

                Varios alumnos comentan que el día del “accidente” esperaban el transporte de la UAQ en la esquina de Juárez y Universidad. Esa esquina no es parada de camiones, pero como están engalanando las banquetas de dicha avenida, los usuarios del transporte público tienen que esperar allí. El Municipio ha recibido varias quejas, entre ellas la más recurrente es que, debido al polvo, los usuarios terminan con la cara como si hubieran recibido una muestra de Mary Key en casa o hubieran participado en un decomiso de harina; los alumnos de la UAQ —entre ellos, muchos literatos— se quejan principalmente de que los lentes terminan como hojas de arena y, los que usan contactos, se quejan de la tierra en las pestañas y de tener que gastar gran parte de su presupuesto —que por supuesto está destinado a fotocopias y tortas de papel— en  la compra de pestañas postizas; aunque, por otro lado, aseguran que la cuestión de las pestañas falsas les beneficia la noche anterior a los exámenes y les ha ganado popularidad entre el resto de los alumnos. Lo más lamentable es que terminamos con el cabello lleno de cascajo de pintura y tierra, so awful, comentó una alumna de LLM-I. Todos coinciden en que el impacto se vivió justo en el momento en que un reconocido poeta de la FLL ascendía al transporte; lo que hace sospechar a varios alumnos de la LELit acerca de los verdaderos motivos del atentado.

                El conductor-kamikaze, autor del atentado, se dio a la fuga. Al cierre de esta edición, aún no se tenían noticias de su captura.

     

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  • El calor de Missouri

    • 24 May 2011
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    Yo digo que hace más calor que el año pasado. ¿El año pasado estuve en Yucatán? Recuerda, recuerda, 2010, 2010, mmm… Sí, el año pasado estuve en Yucatán; y me parece que es peor acá. Allá, por lo menos el aire te golpea la cara —sí, aire caliente— pero aire al fin. Acá te sientes como dentro de un globo; el aire no circula, está quieto, te sofoca. Así como siente una tira de jitomate cuando la sostienes, entre los dedos pulgar e índice, sobre el aceite hirviendo, así se siente estar debajo de este plástico esperando el camión. El humo opaco te abraza. Sudas. Miras el plástico y los rayos del sol escurren y parece que de un momento a otro caerán por los lados como una cortina dorada. Podría irme allá atrás y pararme bajo la sombra de algún árbol, pero no tengo ganas de estar parado. Cuando estoy allá atrás lo único que hago es estar mirando la espalda baja de las chicas. Les miro los calzones; si son lisos, de color neutro (que provocan tristeza), con figuritas, si tienen tatuajes, estrías. Ahora me viene a la mente lo de la mañana.  Mi pantalón roto tiene tres años. No es por eso que está roto, así es el modelo, pero está roto del tiro también. Lo compré en Marshall´s. Estaba sentado frente al profesor con las piernas abiertas y me acordé del agujero y de los bóxers azul fosforescente. Pasé la clase con las piernas cruzadas. Siempre camino por la sombra. Cuando no hay me cubro al menos la cara. Camino lento (para no sudar). Con los brazos despegados del cuerpo porque me sudas las axilas y eso me fastidia. A veces siento cómo una gota desciende desde la axila (derecha, siempre es la derecha) y llega hasta la cintura del pantalón. Una marca de sal. Me fastidia sudar. Cargo servilletas en la mochila para limpiarme la cara. Vigilo mi nariz a cada momento y si la miro blanca por tanto brillo la limpio. A veces creo que desperdicio mucho papel. Es por eso que lo reúso cada que voy al mingitorio. No sé si esto de la repulsión al sudor es nato o es culpa de mi madre. Nací con el cabello castaño claro, mi madre lo dejaba crecer y tenía rizos (no queda más de eso). Recuerdo las fotos y mi piel era tan blanca como la ropa. A mi madre siempre le encanto el blanco; decía que el negro —o cualquier otro color oscuro— no era para niños. Los botines de charol con los ojales en forma de semilla de melón. Si me llegaba a escurrir agua sobre la ropa, lloraba hasta que no me cambiaban. Mis piernas están llenas de vellos. Pienso en mis piernas como el pasto que amanece húmedo por el rocío. Con esas diminutas gotas resbalando desde la punta hasta tocar tierra. En mis piernas sucede lo contrario. Siento cómo los poros expulsan montones de gotas de sudor que se quedan pendiendo de los vellos. En la casa ando sin playera (Playera, nos robaron el mar). Me miro al espejo, mi pecho es blanco y mi cara parece un pan de fiesta parroquial embadurnado de clara de huevo y recién salido del horno. Viajar en camión, en estos días, es desagradable. Terminas con la espalda mojada.

     

     

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  • Madres

    • 10 May 2011
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    10 de mayo. Estaba frente a la pantalla, con café en mano, cuando por la ventana entraron las primeras notas de Las Mañanitas, interpretadas por Pedro Infante, como trino de aves al amanecer. Ni me asomé por la ventana. Pensé en un piche ridículo que desde temprano le besa los callos a la jefa. Así como la noche anterior le estuvieron tronando cuetes a la Virgencita (lástima por Julia que tiene el sueño ligero, eso sí, los pedos no la despeinan, si sí, nuestra relación ya no sería parte de este presente continuo). Entonces continuó la música: Raphael, Leo Dan, Sandro. No sabría nombrar los títulos de las canciones, mucho menos mencionar quién interpreta cual canción, medio las tarareo porque las escuché toda mi infancia. No puse música; para qué, sería nomás un ruido peleando por salir y otro por entrar. No llamé a mi madre. No lo hice porque me sentiría hipócrita. No es que odie a mi madre, no. Busco en el archivo de recuerdos y no encuentro ni una imagen de la familia festejando el 10 de mayo. Así que prefiero visitar cualquier otro día a mi madre sin necesidad de que sea este puto día que nomás llena restaurantes y avenidas. Ya más tarde, cuando llego Julia y sacamos a los perros, pude echarle un ojo al festejo del vecino. No había festejo. Sólo era una mesa pequeña, un modular viejo (de esos que tienen barras de luces multicolores subiendo y bajando), un amplificador y dos bocinas. De sol a sol estuvo la música dándole. Lástima que mi madre no vive por estos lares, si sí, por lo menos le hubiera dedicado una canción.

     

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  • Rata 84

    • 31 Mar 2011
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    Firmin

     

    La mayoría son negras, dientes muy blancos y grandes y emiten chillidos agudos que te retuercen los oídos.* Son sucias, viven en alcantarillas y son difíciles de atrapar (esta es una visión muy local; ya que seguramente en Italia andan libremente entre campos de trigo que después se convertirán en kilométricos espaguetis). Las características de los rata, de acuerdo al horóscopo chino, son: gandallez, mañocidad, agilidad de piernas, gorronería, chingaqueditez, desidiosidad. 

                    Mi relación con las ratas es de odio: maté dostres en mi casa. Si ratones cuentan, también maté uno: tenía cinco años, cogí el ratón (Cindy+) de mi hermana, lo sostuve en una mano, con la otra tomé un martillo y le di un ligero golpe en la cabeza. La muerte fue instantánea. La única relación amable que he tenido con una rata es con esa de allá arriba: Firmin*. Una rata que ama la literatura pero sufre con ella. 

                   Mucho tiempo me hice la rata cuando iba a la escuela. Creo que por eso Julia, mi mujer, siempre me jode con sus preguntas. 

      

    —Estaba leyendo una nota que según van a sacar de circulación al Discovery. 

      

    —Uhmm... 

      

    —¿Tú te acuerdas del Challenger?

     

    —Nop. ¿Qué, a ese también lo van a sacar?

     

    —Ese es el que explotó, cariño. Ay ¿no te acuerdas, burrito?

     

    —Pues yo creo que todavía no nacía.

     

    —Pero es cultura general.

     

    —Pues sí.

    Nací en el 84. Soy un rata.

    *Checar Phil Karlson y Michael Jackson.

    *Savage, Sam. España: Seix Barral, 2008 .  

     

     

     

     

     

     

     

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