Deberían sentir asco desde ahora. Leí la reseña del libro ganador de cuento joven, la trayectoria del autor; ha ganado tantos premios. Me sentí triste. Cuánto hace que no escribo nada nuevo. Desde que rechazaron mi material en aquella beca. Alguien toca la puerta del vecino, cada vez con mayor desesperación. ¿A esta hora? Los golpes no me deja escucharme. Pienso si dejaré de escribir. Sé que no. Pero pienso en las palabras de Neutro cuando se enteró que me inscribí a la universidad: ¿Tú, cabrón? ¡No mames, pinche Jimmy! ¿Ahora cuánto vas a duraren esa mamada? Sé que nunca dejaré de escribir. Aunque no tenga nada que decir. Aunque ya nada se pueda decir. No sabía qué era esto de escribir. Pensaba que era pura vanidad. Me gustaba que la gente me preguntara cosas cuando leían alguno de mis escritos; me gustaba hablar de mí, de mi vida. Pensaba que sólo era eso; tener algo de fama, ser popular en la facultad, pero no. Era como hablar en voz alta para ordenar mis pensamientos, me di cuenta. Solía hablar demasiado, a veces. Hablaba de cosas íntimas, cosas que traía en el pecho como reflujo de gastrítico. Y me arrepentía. Me arrepentía de escupir esas cosas ante cualquier par de orejas que me prestaran atención porque se darían cuenta de que era un pobre tipo que no tenía con quien hablar, en quien confiar. Pero era la única manera de entenderme. Pude hablar a los pájaros; pero elegí ser un pobre tipo a un retrasado mental. Tengo ganas de llorar. Pero yo mismo sé que sería ridículo. Llorar porque perdí la fe. Hace no mucho creía que sólo me bastaba un lápiz y una hoja de papel. Ahora me invade la angustia. Llorar por no ser capaz de escribir un buen cuento. Llorar en la oscuridad del cuarto hasta sentir que la almohada se humedece. Llorar y despertar a Julia. Llorar y que Julia me acaricie la cabeza como un niño que ha tenido una pesadilla. Deberían escupirme ahora.